Entrevista a: Seyyed
Hossein Nasr
Catedrático de Estudios Islámicos en
George Washington University, es uno de los más importantes académicos de
religiones comparadas y sabiduría islámica. Autor de más de cincuenta libros
que han sido traducidos a numerosas lenguas y elocuente conferenciante de
carismática presencia, el Dr. Nasr es frecuentemente invitado en los más
importantes foros internacionales como la ONU o la Tenenos Academy. Tras
graduarse en Física en la Universidad de M.I.T., Nasr obtuvo su master en
Geología y Geofísica en Harvard University y se doctoró en Historia de la
Ciencia.
En 1966, cuando pocos se preocupaban de los problemas ecológicos, el Dr.
Nasr escribió “El hombre y la naturaleza: la crisis espiritual del hombre
moderno”, una profunda meditación sobre las raíces filosóficas y espirituales
de la crítica situación medioambiental y uno de los primeros libros en predecir
la grave crisis que se avecinaba. En 1979, a raíz de la Revolución Islámica en
Irán, Nasr se trasladó a EE.UU para convertirse en la actualidad en uno de los
más importantes portavoces de la intelectualidad tradicional islámica, muy
alejada de la característica estrechez que, en mayor o menor grado, afecta a la
interpretación de la religión hoy día.
Con esta entrevista nos hemos querido acercar a una visión tradicional que se
ha convertido en marginal para los círculos académicos y las organizaciones
medioambientales. Las tesis del Dr. Nasr sobre el carácter sagrado de la
naturaleza y la vinculación entre la pérdida de la inteligencia espiritual del
hombre moderno y la crisis del equilibrio ecológico son temas de primer orden
para cualquiera que pretenda tener una perspectiva completa sobre este grave
problema.
¿Qué es la naturaleza para usted?
Todo lo que no está hecho por los seres humanos ni es efecto de las actividades
humanas es naturaleza (en el contexto empleado aquí), desde las cumbres de las
montañas hasta el océano, desde las algas hasta el elefante. En cierto sentido,
también el hombre forma parte de la naturaleza en el aspecto de que su cuerpo
sigue las mismas leyes naturales y físicas que los demás animales del mundo
natural. Pero puesto que el hombre ha recibido la libertad de rebelarse ante
Dios y profanar la naturaleza, desde cierto punto de vista el hombre no es
técnicamente lo mismo que los otros seres naturales. En todo caso, la
naturaleza la defino aquí como aquello que no es humano y no es efecto de la
actividad humana. Claro, en las sociedades tradicionales esas actividades
solían estar en armonía con la naturaleza, y en el caso de las sociedades
industrializadas no está en armonía con la naturaleza ni lo más mínimo. Ni que decir
tiene que incluso en nuestro mundo de hoy, la naturaleza y los entornos hechos
por el hombre también se interpenetran de muchos modos.
¿Cómo describiría el estado actual en que se encuentra la naturaleza y
nuestra relación con ella?
El hombre moderno y postmoderno ha destruido mucha naturaleza, desde los
bosques hasta los arrecifes de coral, y amenaza a lo que queda de ella. La
situación es crítica y, con la difusión global del paradigma del modernismo,
que es inseparable de la idea de poder y dominación sobre la naturaleza para
satisfacer las “necesidades” humanas que nunca cesan de crecer (y que en muchos
casos son necesidades artificiales, en modo alguno necesidades reales), las
cosas están empeorando. Pero durante los decenios más recientes también en
Occidente, y recientemente en el mundo no occidental, hay personas en las que
ha despertado la consciencia por lo que se refiere a la precariedad del estado
en que se encuentra el mundo natural y la necesidad de cultivar la actitud
correcta para con la naturaleza, de modo que no se destruya lo que queda de
ella. Convendría recordar, de todos modos, que por más que la naturaleza sea
explotada y destruida por el hombre, la que tendrá la última palabra será la
naturaleza.
En uno de sus libros usted hace una correspondencia entre la crisis actual
del hombre y la naturaleza por una parte y la crisis espiritual del hombre
moderno por otra. ¿Puede desarrollarnos dicha correspondencia?
La crisis en la relación entre los seres humanos y la naturaleza empezó en el
Occidente moderno a partir de dos errores: la incomprensión de la naturaleza
más profunda del hombre y la incomprensión de la realidad sagrada de la
naturaleza. Y como consecuencia de una crisis espiritual durante el
Renacimiento y el siglo XVII, el hombre moderno –en la medida en que se
convertía en “moderno”– pasó a concebirse a sí mismo como ser puramente
terreno, sin responsabilidad ni con respecto a Dios ni con respecto a su
creación. Y además, como resultado de aquella crisis espiritual e intelectual,
se desechó la realidad sagrada de la naturaleza y ésta se pasó a ver desde el
punto de vista puramente cuantitativo y mecánico, como podemos ver en la física
clásica. Y aquella crisis espiritual interior cada vez se fue reflejando más
exteriormente a partir de la época de la Revolución industrial.
Dentro del movimiento ecologista se dice que el hombre es el gran enemigo de
la naturaleza y que su existencia es prescindible en este planeta que
destruye. ¿Qué piensa usted de esa afirmación?
No es que todo ser humano sea el mayor enemigo de la naturaleza, sino tan sólo
el hombre moderno. Los aborígenes australianos han estado viviendo en Australia
durante unos 40.000 años y, si no hubieran sido en gran medida destruidos por
el hombre blanco y sus modos tradicionales de vida no hubiesen sido alterados
de tantos modos, hubieran podido seguir viviendo en Australia en medio de una
naturaleza hermosa e inmaculada otros 40.000 años o más. Eso no puede decirse
de los habitantes de las zonas urbanas de Sidney o Melbourne o, de hecho,
cualquier otra ciudad moderna, desde Seúl a Nueva York. La existencia del
hombre moderno no es necesaria para la naturaleza, y de hecho no puede
continuar mucho tiempo haciendo lo mismo que hasta ahora.
Pero el hombre es una realidad perenne, es decir, el hombre tradicional era –y
sigue siendo, en la medida en que sigue existiendo ese tipo de ser– una fuente
de gracia para la naturaleza, y su propia presencia en la Tierra permitía y
sigue permitiendo a la naturaleza respirar el aire del mundo espiritual. Hay
razones esotéricas, cosmológicas y metafísicas por las que la naturaleza no
podría existir sin el hombre. No puedo entrar en ellas aquí, pero las he
expuesto en varios libros míos, especialmente “El hombre y la naturaleza”, “La
religión y el orden de la naturaleza” y “El conocimiento y lo sagrado”.
¿Por qué dice usted que el cosmos es un libro de múltiples significados?
¿Qué es un libro? Es cierta cantidad de pedazos de papel, o un rollo, donde se
han escrito ciertas formas con algún tipo de tinta, formas que poseen
significado más allá de su figura externa. Para comprender ese significado debe
uno conocer el lenguaje en el que está escrito ese libro. Pues bien, el cosmos
es como un libro en el sentido de que cada uno de sus fenómenos tiene
significado más allá de –al mismo tiempo que en– su forma exterior y de las
características del fenómeno en cuestión. Aunque uno no conozca el lenguaje en
el que está escrito un libro, aun así puede pesarlo y medir su altura y su anchura.
Las ciencias cuantitativas de la naturaleza han hecho precisamente eso con
respecto al libro cósmico. Han estudiado los aspectos cuantitativos de los
fenómenos naturales, pero han olvidado la lengua en la que estaba escrito el
libro de la naturaleza, o el libro cósmico, y por ello no pueden entender el
mensaje contenido en él.
¿Cómo se puede aprender a leer los signos de la naturaleza para comprender
su mensaje?
Sí, es posible dominar el lenguaje de modo que se pueda volver a leer el libro
cósmico como lo hacía la gente de antaño. Sin embargo, para lograr esta proeza,
debe uno comprender antes que nada lo indispensable de metafísica y de
cosmología, y ser capaz de vivir de nuevo en el universo tradicional, que es
intelectual y espiritual; únicamente en ese universo puede dominarse este
lenguaje.
¿Cuáles de las ciencias actuales se aproximan con mayor penetración al
conocimiento del hombre y la naturaleza?
Ninguna ciencia moderna está cerca de lo que es comprender verdaderamente la
relación entre hombre y naturaleza, porque todas ellas tienen como base el
hacer caso omiso de los estados superiores del ser, incluida la realidad
espiritual. Pero puesto que hace usted la pregunta, de modo comparativo yo
diría que, desde el punto de vista de la comprensión de la notable armonía de
la naturaleza y nuestra relación con ella, la más cercana sería la ecología. En
cambio, desde el punto de vista de acercarse a la comprensión de la metafísica,
creo que la mecánica cuántica es de la mayor importancia si consigue liberarse
de esa prisión que es la bifurcación cartesiana.
¿Qué pueden aportar las ciencias orientales a la comprensión que tiene la
ciencia occidental sobre la naturaleza?
Las ciencias orientales tradicionales de la naturaleza, sean chinas, indias,
islámicas u otras, están basadas en una cosmología que continúa ligada a la
metafísica. Estudian la naturaleza a la luz de los principios espirituales e
intelectuales que van más allá de la naturaleza física y que están basados en
la correspondencia profunda entre el hombre y la naturaleza, más allá de lo
simplemente cuantitativo y material. Eso es lo que se denomina antropomorfismo
en el pensamiento del Extremo Oriente. Ahora bien, si estas ciencias orientales
tradicionales se estudian en profundidad en Occidente –no como fases
rudimentarias de la ciencia occidental moderna, sino como modos independientes
de conocer la naturaleza–, pueden revelar aspectos fundamentales de la
naturaleza y de la relación del hombre con ella; aspectos que permanecen
ocultos para la perspectiva de aquellos cuyos horizontes se limitan a la
ciencia moderna. Por lo demás, estas ciencias tradicionales pueden ayudar a
resucitar un serio interés por ese tipo de ciencias (como ciencia y no como
historia) tal como se las encuentra en Occidente mismo, como por ejemplo las
ciencias herméticas.
¿Considera que las religiones tienen algo que aportar al debate medioambiental?
Las religiones pueden aportarlo todo a la crisis medioambiental, y donde más se
debate sobre ella es sobre todo en las partes del mundo que todavía son
mayoritariamente religiosas en contraste con los europeos occidentales. En
primer lugar, fue la religión en su sentido más amplio la que proporcionó un
enfoque espiritual de la existencia, incluida la naturaleza, en todas las civilizaciones
tradicionales. Como he dicho antes, si no se hubiera secularizado la naturaleza
en Occidente, las ciencias modernas seculares y puramente cuantitativas no se
habrían desarrollado, ni se habría desarrollado la tecnología, que ha causado
tantos daños al entorno. En segundo lugar, tanto las religiones mundiales más
importantes como –especialmente– las religiones primitivas, poseen todas una
ética religiosa que atañe tanto al mundo de la naturaleza como al de los seres
humanos. Eso es cierto incluso del cristianismo, pese a que este aspecto de la
tradición cristiana ha quedado eclipsado en los tiempos modernos y únicamente
en los últimos decenios los teólogos y eticistas cristianos le han prestado su
atención y San Francisco de Asís ha sido declarado santo patrón de la ecología.
Se necesita decididamente lo que ahora llaman el “reverdecimiento” de la
religión, es decir, reavivar los aspectos de sus enseñanzas que tienen que ver
con el entorno natural y la responsabilidad del hombre para con la creación de
Dios. ¿Se imagina usted lo distinta que habría sido la conservación del entorno
natural si los predicadores cristianos y musulmanes y los maestros hindúes y
budistas, en sus sermones de todos los días, hubieran seguido recordando a
cristianos, musulmanes, hindúes y budistas el deber religioso de ser
administrador de la creación de Dios en vez de ser su enemigo?
Usted se ha preguntado: ¿quién sabe más sobre el coyote, el zoólogo que es
capaz de analizar sus hábitos externos y diseccionar su cadáver o el
hombre-medicina indio que se identifica con el «espíritu» del coyote? ¿Cuál es
su respuesta?
Mi opinión es que conocer la esencia de un animal, su arquetipo, es una forma
más elevada de conocimiento que conocer su peso, su anatomía y sus hábitos de apareamiento.
Hay que saber que lo segundo, ciertamente, no es insignificante y es valioso y
legítimo en su propio nivel, pero que eso no agota toda la realidad del animal.
Conocer al animal en su realidad esencial es sin lugar a dudas tener un
conocimiento más profundo. De eso es de lo que estaba hablando cuando escribí
sobre el hombre que se identifica con el coyote, tal como lo vemos en las
tradiciones de los nativos americanos.
En estos momentos, si en algo se ponen de acuerdo las distintas religiones y
los científicos es en anunciar las primeras el fin de los tiempos, y los
segundos la extinción de la especie humana a través de terribles catástrofes
ambientales. ¿Cuál es la correspondencia?
Las religiones hablan del final de la historia y de los acontecimientos
escatológicos, como vemos de forma tan explícita en fuentes hindúes, cristianas
e islámicas. También hablan de los “signos de los tiempos”, los signos que
caracterizan el fin de la historia tal como la conocemos. Lo que dicen los
científicos sobre los desastres medioambientales inminentes corresponde en
muchos casos a los “signos de los tiempos” profetizados. No obstante, hablando
desde el punto de vista teológico, es un gran pecado continuar destruyendo la
naturaleza por las creencias escatológicas que uno tiene. Eso es el mayor de lo
insultos, porque uno debería seguir sus enseñanzas mientras a nuestro alrededor
siga estando el mundo. ¿Acaso si fuésemos practicantes sinceros de la religión
iríamos en contra de las enseñanzas de los fundadores de nuestras religiones,
incluido Cristo, y dejaríamos de ayudar a los pobres con el argumento de que la
Tierra va a quedar destruida dentro de poco y que por tanto no serviría de nada
paliar el sufrimiento de los demás? Nadie más que Dios conoce cuándo llegará lo
que los musulmanes llaman “la Hora”. Dijo el Profeta del Islam que es un acto
bendito el plantar un árbol incluso si mañana tuviese que acabarse el mundo.
¿Hay esperanza aún de que el hombre se reconcilie con la naturaleza y ocupe
su auténtico lugar en el mundo?
Por supuesto que siempre hay esperanza, que es una virtud teológica, como decía
San Agustín. Pero al cabo de casi medio siglo de preocuparme por la crisis
ambiental y de estudiarla, he llegado a la conclusión de que, si no media una
intervención divina, la única esperanza que hay para la presente humanidad
sería una gran catástrofe que fuese lo bastante amplia como para cambiar el
paradigma que domina el pensamiento y el modo de acción del hombre moderno, lo
que rompería sus hábitos corrientes de necesitar y consumir cada vez más sin
ninguna consideración para con los derechos del mundo no humano. No me gusta
nada decir una cosa así, pero, para ser realista, puesto que la humanidad
moderna se niega a cambiar su línea de conducta de modo significativo mediante
la educación en la escala de tiempo que tenemos y en el marco de oportunidad de
que disponemos, el que ocurra una calamidad significativa que haga que todos
nosotros nos enteremos sería mejor que no que todos los hombres y muchas otras
criaturas experimenten una muerte lenta o un cataclismo natural devastador.
Ojalá me equivoque en mi evaluación. En todo caso, deseo que entremos en razón
por propia iniciativa antes de que nos obliguen a hacerlo los cataclismos
naturales.
Pero estemos seguros de que, le hagamos lo que le hagamos a la naturaleza y por
convencidos que estemos –debido a nuestro orgullo desmesurado– de que tenemos
completo dominio sobre ella, es la naturaleza, como he dicho antes, la que dirá
la última palabra. Por último, recordemos que en última instancia las cosas
están en las manos de Dios. Nosotros debemos hacer lo que podamos y confiar en
Dios con todo nuestro ser. Y Dios lo sabe mejor.
Bibliografía del Dr. Nasr en español:
- Ciencia y civilización en el Islam, 1968
- Sufismo vivo. Ensayos sobre la dimensión
esotérica del Islam. Ed. Herder, 1985.
- Vida y Pensamiento en el Islam. Ed. Herder,
1985
- El hombre y la naturaleza, Ed Kier.
- La Naturaleza y el Espíritu. Nasr y otros
autores. Ed. Olañeta, 2006.
Beatriz Calvo Villoria